La rapa, la drupa y otras nociones básicas sobre el olivo

Su copa es ancha. Su tronco grueso, corto y retorcido. Su fruto es la aceituna…
¿Qué más sabes de este maravilloso árbol? Ya abordamos anteriormente algunas curiosidades sobre esta especie en el artículo 5 cosas que (quizás) no sabías sobre el olivo. Un tema que ahora toca ampliar con otras 5 nociones básicas que todo amante del aceite de oliva virgen extra debería conocer:

Su antecesor es el acebuche. 

Este es el nombre que recibe su especie primitiva, también conocida como olivo silvestre. Es de menor tamaño, con forma de arbusto y ramas espinadas. Su fruto es la acebuchina, parecida a la aceituna pero más pequeña. Se encuentra en zonas mediterráneas y, aunque se adapta a diferentes suelos y altas temperaturas, es, sin embargo, muy sensible a las heladas.

Fue considerado el árbol inmortal.

En sus diez primeros años de vida, el tronco del olivo es gris y liso. Después, se retuerce y se convierte en un tronco nudoso de color oscuro. Las raíces presentan ramificaciones superficiales y, cuando cae enfermo, emite por sí mismo nuevos rebrotes para facilitar su supervivencia. Por este motivo en la Antigüedad clásica era considerado el ‘árbol inmortal’.

Su flor se llama rapa.

Sus pétalos son blanquecinos y nace en pequeños ramos. La floración se desarrolla entre los meses de abril y junio, dependiendo de la variedad, la zona, el clima… Este proceso se culmina con el cuajado, momento en que se empieza a formar la drupa, es decir, la aceituna.

¿Qué necesita?

El olivo se desarrolla bien en suelo mediterráneo de escasa lluvia. Resiste a sequías, a temperaturas por debajo de los -10 °C y hasta de 40 °C. Eso sí, requiere de luminosidad y de circulación del aire. Un árbol resistente y longevo, del que se han contabilizado ejemplares milenarios.

Más de 200 variedades.

Solo en España se han contabilizado hasta 262 variedades de olivo, cada una adaptable a un determinado clima y terreno, aunque no todas de categoría. Esto favorece un gran catálogo de aceitunas, cada una con sus particulares características de tamaño, color o matices sensoriales. La gordal sevillana, por ejemplo, es la más grande, mientras que la más pequeña es la arbequina.

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